EL PRIMER DÍA DE LA LUZ EN LA HISTORIA DE ARROYO

Una carrera a caballo el Día de la Luz. ::Hoy
REPORTAJE

El día 21 de abril de 2014 celebraremos el 785 aniversario del primer Día de la Luz. Una festividad que los arroyanos siempre hemos pregonado con una efusividad acorde al acontecimiento histórico al que hace referencia. En los últimos años la vistosidad del evento le hecho merecedora de ser catalogada como Fiesta de Interés Turístico de Extremadura, quedando como máxima aspiración que alguna de nuestras corporaciones futuras, o la actual, consiga de ella la inscripción como conmemoración de Interés Turístico Nacional.

Hoy día la mayor parte de los arroyanos saben que el origen de la festividad de nuestro día más grande no está en relación con la "gran batalla" que en la primavera de 1229 sostuvieron las tropas cristianas del rey Alfonso IX de León contra las huestes almohades que ocupaban toda esta comarca. No obstante, la belleza literaria con la que nuestros padres y abuelos siempre nos la contaron ha dado como resultado que todos los arroyanos la tengamos como completamente cierta, cuando la realidad es que  no es más que una preciosa leyenda. Una descripción que, si no seguimos difundiéndola, pronto se malogrará como se han perdido otros hechos históricos referidos a nuestro pueblo.

Varios han sido nuestros antepasados que, con ligeros matices y resaltando más la prosa o la poesía, nos han narrado la belleza de lo que entendemos como el germen de nuestra gran fiesta. Entre estos nombres debemos recordar a Vicente Criado Valcárcel, Juan Luis Cordero Gómez, Pedro Caba Landa, Ciriaco Fuentes Baquero y, por último, a nuestro añorado Juan Ramos Aparicio. Los cuatro supieron incardinar perfectamente, como diría Vicente Ramos Díaz, el sentido antropológico del evento y donde lo sagrado y lo profano, la leyenda y la historia, aparecen de manera nítida en constante dialéctica entre los dos grandes poderes que rigen nuestros destinos, que no son otros que el espiritual y el terrenal. Teniendo en cuenta este preámbulo, la historia de nuestra gran fiesta es la que a continuación detallamos.

Corría el mes de abril de 1229 y el monarca cristiano Alfonso IX estaba decidido a terminar con la presencia musulmana tanto en Cáceres como en los alrededores. El rey leonés reunió tropas propias, incluyendo caballeros santiaguistas, y soldados arroyanos. Con todos ellos y en perfecta formación inició la que iba a ser la batalla definitiva que pusiera fin a la presencia sarracena en nuestro pueblo.

Cristianos y musulmanes se encontraron en las proximidades del "Pozo de las Matanzas". Allí los cristianos defendían palmo a palmo el solar patrio con denodado esfuerzo y rabioso coraje. El enemigo trataba de poner fuerte dique al impulso de la fe. Se inició un encarnizado combate entre infieles y creyentes, uno y otro bando pusieron en la contienda todo el ardor de sus corazones y el agresivo esfuerzo de sus vigorosos brazos, sin que a pesar de ello, pudiera entreverse quiénes hubieran de ser los triunfadores, ni quiénes los vencidos.

Después de varias horas de lucha encarnizada, la suerte parecía volver la espalda a los defensores de la verdadera fe. La noche se acercaba y los cristianos parecían abocados a una derrota segura. La morisma parecía resarcirse de su fracaso en Las Navas de Tolosa, allá por 1212, y todos nuestros paisanos estaban a punto de ser vencidos y reducidos a prisión. Sin embargo, los arroyanos no cayeron en el desaliento ni en el desmayo, uno de ellos, lleno de verdadero y piadoso arrebato místico, invocó el nombre de la Santísima Virgen de la Luz como la única salvación posible en tan tremendo apuro. La invocación fue repetida por las cientos de voces arroyanas que se contagiaron con amor divino hacia la Reina del cielo.

Entonces, los asombrados combatientes que parecían tener ganada la batalla quedaron cegados por la milagrosa aparición mariana e infundió, con su única presencia, un valor sobrehumano a los casi derrotados arroyanos que redoblando sus esfuerzos, consiguieron ganar una justa que parecía perdida de no contar con la presencia de la que sería la Virgen de la Luz.

Fue en este instante cuando varios jinetes emprendieron la marcha en dirección al pueblo para anunciar lo sucedido. Con gran estruendo y brío la vanguardia arroyana hizo entrada por la Plaza de San Sebastián y a galope tendido arrancan chispas de lumbre a las piedras de la Corredera. Mujeres, niños y ancianos que no habían podido combatir observan extasiados el cabalgar apresurado de los vencedores. El ímpetu desborda una exaltación frenética. Un atavismo de raza que surge con la inconsciencia. Las mujeres los admiran y los hombres los jalean; que en correr más que ninguno finca la mayor proeza y el pueblo siempre idolatra la gallardía y la fuerza. Por fin, se detienen en la Plaza de la Asunción y anuncian al señor del castillo que el pueblo ha quedado liberado del yugo musulmán.

Este fue, por consiguiente, un primer Día de la Luz que nunca existió como acontecimiento histórico (lo terrenal), pero que todos llevamos en el corazón y que debemos difundirlo como verídico (lo sagrado). La dialéctica a la que antes hemos hecho referencia y que en pugna constante a lo largo de los años ha estado siempre muy presente como explicación en el devenir del pueblo, nuestro pueblo, Arroyo de la Luz.

Una vez más, año tras año, y siglo tras siglo, no despiertes por tu bien, no despiertes de este sueño. Arroyo, duerme, mi arroyo, arroyito, que te quiero, como te sueño, soñando, como despierto, te sueño.