El castro prerromano de Sansueña

Ruinas de Sansueña. ::APyF
HISTORIA DE ARROYO

A lo largo de la ya centenaria historia de nuestra localidad muchos han sido los antepasados que en alguna ocasión han visitado las ruinas de Sansueña. Bien es cierto que la mayor parte de ellos nunca lograron desentrañar los misterios que aquel recinto albergaba, fundamentalmente porque no ha sido hasta hace poco años cuando los estudios arqueológicos han puesto en pie lo que ocultaban aquellas ruinas.

El castro de Sansueña no fue un recinto romano ni árabe, como muchos de mis paisanos han afirmado en no pocas ocasiones. La realidad es que nos encontramos ante uno de los asentamientos prerromanos fechado durante la Segunda Edad del Hierro en el actual territorio de la provincia de Cáceres y que cristalizaron entre los siglos IV y III a. C. Sería, por consiguiente, uno de los muchos castros ribereños existentes en las inmediaciones de algunos de los ríos de esta provincia como son el Almonte, Salor o Tajo. Junto a Sansueña otros castros prerromanos próximos y bien estudiados los tenemos en El Cerro del Águila (Alcántara), Villavieja de la Orden (Alcántara), La Coraja (Aldeacentenera) o Villaviejas del Tamuja (Botija), entre otros muchos.

Todos estos emplazamientos se encuentran preferentemente en pequeños cabezos o espigones fluviales fácilmente defendibles. Al margen de esta defensa natural, muy superior a la de los castros serranos o los del llano, que también los hubo, los ribereños poseen diversos sistemas defensivos artificiales la mayor parte de las veces muy ingenioso y consistente en uno o dos recintos amurallados. Esta fortificación era realizada con las piedras que obtenían de las proximidades del poblado, generalmente pizarras, aunque también utilizaron calizas y granitos. De la misma forma, en el exterior del poblado y en el lugar de más fácil acceso excavaron uno o dos fosos de profundidad variable con la finalidad de incrementar la protección de la zona más expuesta a los ataques de los poblados limítrofes.

La extensión de los castros era entre una y cuatro hectáreas con una demografía poco numerosa y desgajada de las grandes comunidades vetonas que vivían en el centro peninsular. Generalmente el poblado estaba habitado por trescientas o cuatrocientas personas que ocupaban un paisaje muy hostil de escasas posibilidades agrícolas pero de enorme potencial ganadero. Como diría José de Hinjos, "la primera impresión que se experimenta al acercarse a Sansueña es la de que no pudieron elegir los fundadores un lugar más desagradable e incómodo, porque allí todo es hosco y agrio, todo rezuma odio y agresividad".

Efectivamente, en una zona tan agreste la ganadería fue la principal actividad económica de los moradores de Sansueña. Ovejas y cabras son, con diferencia, los animales más característicos del castro, sin olvidarnos de vacas y cerdos y en menor medida de équidos. La caza de ciervos, jabalíes y conejos, además de la pesca completaría la obtención de alimentos para la comunidad.

La agricultura tuvo un carácter más secundario; no obstante, varias ruedas molares y algún apero de labranza en hierro constata de manera indirecta el cultivo de algún cereal en los castros de ribero que bien pudiera ser por la fisonomía del entorno, la cebada y en menor medida el trigo. La tarea recolectora también fue importante en Sansueña. La bellota, abundante en la zona, fue la principal protagonista en su dieta alimenticia para elaborar el pan de bellota que aparece nombrado en los textos de Plinio, Varrón o Estrabón. También conocemos por estos mismos escritores que la aceituna fue otro complemento alimenticio de estos pobladores.

La tercera actividad económica del castro prerromano de Sansueña sería la artesanal textil y de forja del metal. En el apartado textil contamos con numerosos testimonios de lanzaderas y pesas de telar. El trabajo del metal fue también importante ya que se puede constatar la presencia de un herrero estable en el poblado, encontrándose aún hoy día alguna escoria de fundición por el suelo del poblado.

Por lo que respecta a las viviendas, aunque no se puede generalizar porque los restos en superficie son escasísimos, las cabañas tuvieron una obra de cimentación muy simple, una zanja de escasa profundidad hasta llegar a la roca base del terreno (30-40 centímetros), estaban construidas en piedra y adobe preferentemente arcilloso. El interior tenía al menos tres estancias, una de ellas para el hogar, y la cubierta estaba construida a base de una cobertura vegetal sostenida por una mezcla de vigas de madera muy simple que apoyaba en la pared de la vivienda. La techumbre se recubría de barro que aseguraba la impermeabilidad y los posibles riesgos de incendio.

Por lo que respecta a las costumbres funerarias, y si nos atenemos a los estudios que ya se han realizado en los castros de Alcántara y Aldeacentenera, la necrópolis se encontraría a unos 300 metros del poblado. La cremación del cadáver en quemaderos comunes sería la práctica habitual en estos asentamientos indígenas. Los restos del cadáver se introducían en vasijas de barro o bien en un agujero que se realizaba en el suelo y donde también se introducía el ajuar del fallecido. Por último, se señalaba la tumba con una laja de pizarra o bien con un túmulo de piedras.

Por consiguiente, podemos afirmar que los lugares escogidos por estos pobladores para asentarse nos indican que pretendían cubrir dos necesidades básicas: un espacio fácilmente defendible de los enemigos próximos y además poseer un hábitat perfectamente aprovechable para la actividad ganadera que fue la principal en su quehacer diario.

En consonancia, este fue el hábitat rural indígena de Sansueña que se mantuvo vigente y casi sin modificaciones hasta la llegada de romanos a la Península Ibérica. La presencia efectiva de Roma en lo que hoy es la provincia cacereña fue acabando paulatinamente con estos núcleos aislados autóctonos y creando, a su vez, un nuevo sistema de asentamientos que estaban basados en la ciudad propiamente dicha e interrelacionadas las unas con las otras.