Da comienzo el III Congreso Nacional de la Cerámica

Es una de las pocas localidades que cuenta con una escuela de oficios de alfarería y tres talleres alfareros abiertos

Arroyo de la Luz se convierte este fin de semana en la capital española de la cerámica y la alfarería al acoger el III Congreso nacional de la cerámica. Organizado por la Asociación española de ciudades de la cerámica, que engloba a 30 pueblos y ciudades de toda la geografía nacional, entre ellas Arroyo, es la primera vez que este congreso se realiza en Extremadura.  Hoy la asociación de ciudades alfareras, celebra la reunión de su ejecutiva nacional y la Asamblea General de la red nacional de ciudades de la cerámica.

Mañana tendrá lugar el Congreso al que asistirán ponentes especializados en la innovación artesanal de la cerámica, donde buscaran alternativas de futuro para un mercado cada vez más exigente y competitivo. Durante todo el día el Corral de Comedias, se convertirá en el epicentro del debate sobre el futuro de la alfarería y la cerámica del país. Pero además el Congreso servirá para dar a conocer el potencial alfarero de la localidad, se inaugurará una exposición sobre la alfarería en el municipio. Además se hará un homenaje a los alfareros, cuya historia y cultura ha sido recogida en el folclore y las canciones populares como demostración, a partir de las 19.00 horas dará comienzo  la actuación del grupo 'El Harriero' y la Coral Municipal 'La Lucena'.  Y a las 21.00 horas se inaugurará el monolito homenaje a la Alfarería arroyana y como símbolo de que Arroyo de la Luz pertenece a la Red española de ciudades de la cerámica.

Para el alcalde, Santos Jorna 'Recibiremos con los brazos abiertos a todos los representantes de pueblos y ciudades que comparten con Arroyo, ese pasado lleno de arte, de artesanía, de artesanos del barro, de amantes de la belleza tradicional, que tienen un presente con pueblos y ciudades que luchan por mantener esos negocios de artesanos del siglo XXI, y que van a pelear por un futuro repleto de oportunidades para los que creen en el poder de la calidad, la belleza estética y las pequeñas empresas pegadas al terreno, con raíces profundas, y ligadas al entorno más sostenible y duradero'.

Arroyo de la Luz, ya era conocido en los mercados españoles del siglo XVI por su cerámica sin pintar y por los alfares que producían objetos de uso doméstico: cántaros, búcaros, botijos, pucheros, hornillos... que han prevalecido hasta la actualidad.

Los alfareros de Arroyo de la Luz ya eran conocidos en los mercados españoles gracias a esta noble profesión introducida por los árabes en nuestro pueblo. Así en 1.846, Arroyo contaba con 60 fábricas.

Actualmente, aunque se ha reducido el número de alfareros, se ha producido una profunda transformación en la concepción del oficio, el cual ha ganado en calidad y arte.

Hoy en día Arroyo cuenta con tres importantes talleres de alfarería de renombrado prestigio, elaboran un importante número de formas tradicionales para las personas interesadas en este noble arte. Igualmente la localidad cuenta con su primera Escuela de Oficios de Alfarería, creada el año pasado por el Ayuntamiento, donde estudian y aprenden a trabajar el barro jóvenes dispuestos a que la alfarería pudiera ser una buena salida laboral.

Arroyo de la Luz, fue un pueblo de olleros, que es como se conocieron a los que moldeaban el barro.

Parece ser que todos estuvieron agrupados por la Calle Olleros, al final de la Calle San Gregorio, pero por causas que se desconocen, emigraron todos hacia esta zona del Santo, quizás por estar a la vera de su patrón, San Sebastián. En otros tiempos se encargaban de traer la leña para hoguera en la fiesta del Santo.

En los años 60 y 70, y aún algo después, todavía  se podía oler en el ambiente de aquellas tardes, a escobas y tomillos, a yesca y a valija. Y ver el humo negro que salía de los hornos y decir entre la gente: "están cociendo los cacharros".

Muchos niños se decantaron por este último oficio, aprendiendo en el Alfar de su casa y fijándose en el hacer de otros olleros.

TRADICIÓN ALFARERA EN ARROYO DE LA LUZ

A principios de la década de los ochenta podían contabilizarse cinco alfarerías en la localidad, dos de las cuales cerraron sin dejar sucesores en el oficio (talleres de Julio Parra y Aniceto Bachiller); una tercera funciona eventualmente y las otras dos, que aún se mantienen, han salido adelante transformando la producción, orientándola hacia una nueva clientela y abriendo mercados en lugares distantes.

El reto supuso replantear el sentido del oficio en el medio rural al que iba destinada la producción, pero donde progresivamente decrecía la demanda. Atrás quedaron muchas formas tradicionales, sustituidas por piezas creadas o imitadas, en las que el valor ornamental ocupa el primer lugar frente al sentido utilitario, en la mayoría de los casos, inexistente.

Otro tanto ocurrió con los recipientes tradicionales que persistieron o se modificaron en parte, alterando sus perfiles o simplemente generalizándose en ellos el uso de engobes, pintados con esmaltes de los más diversos colores y vidriados con modernos productos químicos.

Cada taller ha adoptado un estilo propio, en evolución permanente, sintonizando con el gusto del mercado, lo que ha permitido la pervivencia del oficio a medio y largo plazo.

En un pasado reciente, la importancia de Arroyo de la Luz, como foco de producción y abastecimiento de Cáceres y de las provincias vecinas, sólo era comparable a otra localidad alfarera por excelencia: Salvatierra de los Barros, en Badajoz. Madoz en su Diccionario Geográfico, Estadístico-Histórico de España y posesiones de Ultramar, publicado en 1846, escribe sobre Arroyo del Puerco:

"El principal ramo es la alfarería de loza basta: hay unas sesenta fábricas de donde salen las vasijas tan propias para el fuego, que cuanto más se calientan tanto más se endurecen, reputándose por de superior calidad (...)."

Este número se mantuvo transcurrido el primer cuarto del presente siglo.

En el pueblo, los artesanos dedicados al oficio del barro eran y son conocidos genéricamente con el nombre de "olleros". En cada taller trabajaban varios oficiales y aprendices con un maestro al frente. Por lo general, eran negocios familiares que pasaban de padres a hijos, aunque se podía aceptar la tutela profesional de los aprendices (familiares, hijos de amigos, vecinos o desconocidos) que lo solicitasen. Adquirían los conocimientos del oficio a cambio de trabajar sin sueldo en el alfar.

En la actualidad, a pesar de la profunda transformación experimentada, todavía se elabora un número considerable de formas tradicionales para abastecer a la gente del pueblo que mantiene su uso y para el coleccionista o turista interesado en este tipo de muestras "del arte popular".