Una foto para la memoria

MÁXIMO SALOMÓN ROMÁN Arroyo de la Luz

Existe un bello poema que define el sentimiento de veneración de todos los arroyanos hacia nuestra Virgen de la Luz:

Albricias, pueblo de Arroyo,

albricias, mi noble pueblo,

que se ha posado en el Santo

la Paloma de tus sueños

No encuentro mejor definición del sentir del pueblo arroyano, nacido de la pluma de nuestro insigne paisano Juan Ramos, el Poeta, para entender la magistral lección de amor hacia nuestra Luzena en su venida al pueblo.

Se dice, en ocasiones, que la mejor escuela es la calle; incluso la vida misma. Tal vez sea por ello que fue la calle- y mayoritariamente, la mía (Valdetrás) el lugar donde bebí de la sapiencia y el conocimiento de vecinas y vecinos para con mi pueblo. Sus comentarios, unidos a mis indagaciones en el Archivo Municipal y, sobre todo, en el de don Vicente Criado Valcárcel (Cronista que fuera de nuestra villa), son un legado que recibí y, entiendo, debo compartir. Así, aprendí que la Virgen de la Luz únicamente venía al pueblo en situaciones excepcionales. Algunas, las refleja -de forma magistral-don Ciriaco en su libro «La Luz de Arroyo». Otras, contrastadas en escritos y archivos tras llegarme de mis informantes, vía oral. Debía ser curiosidad personal; o arroyanismo tal vez.

Sería por el año 1929, siendo mayordomo don Lorenzo Martínez cuando se fija un novenario a la Virgen, con la correspondiente visita a nuestro pueblo. Con el recién estrenado manto bordado en oro y conocido como de la Magdalena Orozco (esposa del mismo), que, curiosamente, se le pone una vez que la Virgen está en la Iglesia. A todo ello, si bien es cierto que a día de hoy todavía existe el Patronato que lleva su nombre, no es menos cierto que, por error, se le venía atribuyendo el citado manto como una regalía familiar. En los archivos de Valcárcel se reflejaba como el pueblo mediante rifas, novilladas, y otros eventos, recaudó gran parte de su coste, aproximadamente las tres cuartas partes. Cierto es, también, que una cuarta parte de aquel fue sufragada por un donante anónimo. Muchos han querido ver en la propia familia Martínez–Orozco, a los benefactores. Sea como fuere, dicho manto vino a dar un merecido empaque de emperatriz a nuestra Madre.

Y comentaban los mayores que, tradicionalmente, cuando la Virgen llegaba al pueblo era recibida en el puente de San Marcos. Desde allí, era la Corporación Municipal la encargada de llevarla a hombros, pasando por calle Concejo y calle Hornillo hasta llegar a la Asunción. Mis recuerdos, en los años sesenta, me retrotraen a ese viernes de Pascua, aguardando a nuestra Madre en las inmediaciones del depósito de aguas, en la carretera de Alcántara, con su aire de Emperatriz y sobre aquellas doradas andas, obra de los hermanos Jorquera (1957), así como el gran manto bordado en oro por las Adoratrices de Madrid y que, en esta ocasión, sí era regalía de la familia Collado-Aparicio. Desde allí procesionaba a la Asunción donde, con magnífica oratoria, pronunciaba su sermón y palabras de bienvenida nuestro arcipreste, don Ciriaco. Cómo obviar el grupo de mujeres arroyanas que llenaban el coro parroquial mientras cantaba aquellos magníficos piropos a la Reina de Arroyo. Tras el novenario, la Luzena regresaba a su santuario el mismo domingo de Romería. Y lo hacía por calle san Marcos, a hombros de mis paisanos. Recuerdo que en los años de lluvia era costumbre utilizar el balcón de la señora Celestina (bajando a derecha, mitad de la calle) para colocar un plástico o plexiglás para su protección. Y, al igual que en los tiempos presentes, aquellos arroyanos bajo las andas sentirían la emoción que emana de los adentros y que, únicamente, tiene explicación cuando se vive en primera persona. La visita de nuestra Madre a su pueblo se vería interrumpida a partir de 1967 con motivo de la restauración de la Asunción. A mediados de los setenta se reanudarían, nuevamente.

En nuestro tiempo, Arroyo ha sabido-fruto del amor a su Virgen- recoger el testigo de los que nos precedieron. Así, recibe a la Luzena con sus pregones, con su música, con sus poemas..., y con las mejores galas reflejadas en sus mantillas y en esos refajos bordados por las exquisitas manos de las arroyanas. Se canta a la Virgen, se reza a la Virgen y, sobre todo, se carga a la Virgen con el convencimiento y la satisfacción de que en los hombros de esos hombres y de esas mujeres va el alma y el corazón de todo un pueblo.

Documentado está que la Virgen de la Luz, previo a la instauración de su novenario allá por 1929, salía de su ermita en ocasiones puntuales, aunque frecuentes, por diferentes motivos, bien fuera para rogar por la lluvia ante una pertinaz sequía, tal y como acontece a principios del siglo XVIII (en este caso sería la anterior imagen, quemada por la barbarie napoleónica), o bien, por otros motivos. Así, a finales del siglo XIX con motivo de una misiones en las que predicaba el famoso jesuita padre Francisco Tarín Arnau (ver «la Luz de Arroyo» de Ciriaco Fuentes). Pero, en tiempos más cercanos, nuestra patrona realiza dos salidas muy significativas, amén de las de su novenario.

Era el año 1954 y la Iglesia Católica celebra el primer centenario de la proclamación del Dogma de la Inmaculada Concepción (Pío IX, 1854). La diócesis de Coria-Cáceres, con el alcoyano Manuel Llopis Iborra a la cabeza, decide sumarse a tal efeméride con un acontecimiento sin precedente, esto es, con un Congreso Mariano. Consistía el mismo en la exposición de las diferentes advocaciones marianas en la capital cacereña. De este evento tan significativo nacería una leyenda urbana que no entendí en mis años de infancia hasta comprobar, años más tarde, que se basaba en un error de apreciación. En mi casa y en mi calle escuché, en muchas ocasiones, el comentario o la afirmación que refería: «La Virgen de la Luz no ganó porque les fallaron las luces». Los mayores recordaban que la Virgen de la Luz pasó por calle san Marcos, con dirección a la capital, con las luces apagadas (entiendo que para ahorrar batería). Era un 24 de noviembre de 1954. Parte del vecindario arroyano entendía que la citada concentración era una especie de concurso y que nuestra Luzena participaba en el mismo sin luces o con las mismas sin funcionar. Pero en la noche de ese miércoles de noviembre, con la presencia de muchísimas imágenes, hermosas todas y reunidas en Cánovas, en sus diferentes advocaciones, contaban los arroyanos y arroyanas que hasta allí se desplazaron, que nuestra Señora desfiló hasta la Plaza Mayor cacereña, con aire de Emperatriz. Aún no había estrenado las andas de los Jorquera, ni el manto de la familia Collado (1957), ni la hermosa corona (la penúltima, en 1958), ni el palio. Pero lució como una Reina el hermoso manto de la Magdalena Orozco. Qué orgullo para Arroyo!

Cuatro años más tarde, con motivo de la inauguración del grupo «Casas Nuevas», siendo gobernador Civil don Licinio de la Fuente, vuelve la Virgen a nuestro pueblo. Desfila, majestuosa, por calle Carniceros, Plaza Nueva..., con su nuevo manto de oro, su preciosa corona, sobre las andas doradas y bajo palio. Los balcones y ventanas, engalanados para el acontecimiento, son el mayor exponente del amor de un pueblo hacia su benefactora. Alguien me comentó que, desde entonces, la calle Carniceros se ha sentido siempre llena de la Luz que irradió, a su paso, nuestra Luzena. Y pocos son los domicilios que citada rúa, los que no posean una foto para la memoria, una foto del momento, esa foto que acompaña este escrito.

Que la Virgen de la Luz ilumine, cada día, la mente y el corazón de tantas arroyanas y arroyanos; porque está cada día más cerca, al lado, a un paso, conversando con la Luna en las noches serenas y, creo, orgullosa de haber dado esa Luz como apellido a este noble pueblo. ¡Viva la Virgen de la Luz!