Franco inaugurando la presa de Alcántara

Franco en Arroyo

JOSÉ LUIS SOLANO RODRÍGUEZ Arroyo de la Luz

Un lunes 13 de julio de 1970, su Excelencia el Jefe del Estado y Generalísimo de los ejércitos –como decía el noticiario NODO- Francisco Franco Bahamonde pasó por Arroyo de la Luz camino de Alcántara para inaugurar el mayor pantano de Europa en la época y dejar las huellas de sus pies en la placa de cemento fresco que habían dispuesto para quedar constancia geográfica de su visita y estancia, no debiendo buscarlas, como ocurre con las de los dinosaurios, por el monte y excavando.

Arroyo engalanó la carretera a dicha localidad con pañuelos y colchas en los balcones, pancartas de alabanzas cruzándola y hasta con un arco triunfal de hojas de palmera y flores, cuán recibimiento a los césares. No faltaron macetas en los bordes, cedidas por los vecinos o requisadas para el acto, ante negativas de algunos, delatados por la calidad vegetal y floral que tenían –como las pilistras de Chon, temerosa de que se las trocaran, rompieran … pero, ¡ar!, que el mandato venía de arriba para gloria y loor de su Excelencia, no pudiéndose negar, más cuando el marido era funcionario municipal y tenía empresa sociocultural-.

Por obligación, también tuvieron que asistir las chicas –Candida, Conchi, Mari Carmen…- del Servicio Social –«mili» femenina para quienes querían estudiar, bajo tutela de la Falange, brazo político del Régimen- capitaneadas por la responsable de ella en la localidad, la pizpireta con tics en sus párpados, Julia Pañí, uniformada con camisa

azul, según los cánones del partido único oficial, y portando una fotografía enmarcada de la Virgen de la Luz como ofrenda a la autoridad. Esas mozas arroyanas debieron asistir ataviadas con el traje típico y sin quejarse –«impasible el ademán», dice el himno falangista del «Cara al Sol»- del calor que hacía en esas fechas, todo por loor y gloria al «Caudillo de España por la Gracia de Dios» –nada menos- como consta hasta en las monedas de la época.

Las autoridades civiles, militares, judiciales y religiosas de la villa presidieron el agasajo en la misma vía, encabezadas por el alcalde -Julián Olgado Macias, con camisa azul-, acompañado de miembros de la Corporación Municipal, el juez de paz –Cipriano Higuero-, con su secretario Medina, el teniente de la Guardia Civil, sacerdotes, miembros de Falange Nacional –Antonio, hermano del alcalde, con su sempiterno traje veraniego, blanco de lino, y camisa azul, pareciendo miembro de paisano del Consejo Nacional del Movimiento; Luis Martínez como delegado local del partido y profesor en el instituto de Formación del Espíritu Nacional, Victoriano….-, como primera dama la mencionada Julia acompañada de su piadosa hermana María, con su peluca cardada.

El pueblo llano seguía a todos los anteriores, al norte y al sur, enfrente de ellos, «remuaos», cuan día festivo, que la ocasión era para ello y había que agradar; el presente, en calzonas, a sus trece años. Todos controlados, en fila, por la policía municipal, la Guardia Civil y los «secretas», que tratábamos de adivinar cuan espías escudriñando entre los vecinos.

La comitiva se hacía esperar. Venía desde el Este, de la Estación Arroyo- Malpartida, donde llegaría en tren, dirigiéndose en vehículos hasta Alcántara. Tardaban en llegar, había que esperar, que todos los días no ocurren tales acontecimientos; todo fuera para gloria y honor del «Salvador de la Patria» y si te desviabas o alterabas el «orden público», multa y colleja te llevabas. Por fin se atisbaban saliendo del puente en una larga fila de coches precedida por la motorizada Guardia Civil, Seat Mil Quinientos con pirulo azul –«lecheras»- de la policía nacional; fueron pasando impertérritos, la gente harta de aplaudir, los autos aumentando de categoría –se mascaba la cercanía de «Ese hombre», del protagonista del documental de Sáenz de Heredia-, de pronto un individuo, desde el naciente, donde estaban las autoridades locales, echa medio cuerpo afuera por la ventanilla, les saluda y les indica que viene en el coche de atrás, más grande y robusto, «ahí viene» gritaba Licinio de la Fuente, Ministro de Trabajo, conocedor, aun a pesar de su ojo estrábico, del Alcalde y de su segundo, Pepe Collado, por anterior cargo de Gobernador Provincial,.

Pero nada, no pararon, conforme llegaron se fueron. ¡Cuánta frustración!, asumida para gloria de ese Señor, que seguro tenía quehaceres más importantes que pararse de pueblo en pueblo a saludar a los parroquianos, recibir dádivas y soltar sus típicos discursos aburridos incapaces de animar a las masas, con modulación de voz irresistible y con un dedo índice levantado, aleccionador. Pues nada, no lo escuchamos, ni el típico suyo «Españoles….» con que los comenzaba, ni el adormecido ¡Arriba España! que los concluía. Como Mr Marshall en la película de Berlanga, pasó, nada dejó más que desilusión, pero claro, había que entender y resignarse a los designios de prioridades de la Patria y, con «todo por ella», quedamos plantados, empezando a disgregarnos por la localidad que la caló apretaba. Algunos hacia los bares, cuan día festivo, con las chicas

del Servicio coloreando el ambiente y aguantando corpiños, camisas, enaguas, pañuelos y faldones de paño bordados, peinados lacados para rascar, que la temperatura las incitaba sin parar. Los demás, organizando visita a la Charca tras la siesta y, a escondidas, baño y «lobá» a las huertas, que los melocotones de Matias, en el cubo de la Charca Chica, iban madurando. Remojón, aunque la Virgen del Carmen aun no hubiera bendecido las aguas, norma impuesta en muchas casas, que aquí no se hacía paseo en barco con ella el 16 del mes, eso se dejaba para las villas marineras, sólo se bendecían desde la iglesia tras acabar la novena que ya finalizaba con la mayordoma Marcela de acompañante.