‘Duelo a garrotazos’, obra de Francisco Goya expuesta en el Museo del Prado.
‘Duelo a garrotazos’, obra de Francisco Goya expuesta en el Museo del Prado. / CEDIDA

ARROYO, CRÓNICA NEGRA

  • Muchos arroyanos recordarán la serie de televisión ‘La huella del crimen’, que se estrenó en 1985 y tuvo un gran éxito de audiencia

En el año 1985 se estrenó una serie de televisión que muchos de los arroyanos recordarán con total nitidez. El título de aquel trabajo era La huella del crimen, una programación que tuvo un gran éxito de audiencia y que comenzaba con una voz en off impactante que advertía a los espectadores que “La historia de un país es también la historia de sus crímenes. De aquellos crímenes que dejaron huella”.

La selección de los episodios que recrearon aquellos hechos violentos estaban especialmente escogidos por sus promotores. En todos ellos, víctimas y verdugos, delitos y delincuentes eran un buen reflejo de la sociedad que les tocó vivir. Episodios que recreaban algunos de los asesinatos más espectaculares que habían tenido lugar en España en distintas etapas históricas. De esta forma, conocimos los crímenes de “La envenenadora de Valencia”, “El crimen de la calle Fuencarral” o “Jarabo”, probablemente su capítulo más recordado y visto por 20 millones de personas, audiencias que hoy día resultan impensables hasta para un partido de fútbol de la máxima rivalidad.

Resulta evidente que si aquellos sucesos conformaban la crónica negra de todo un país, a nivel local también hemos tenido nuestros particulares episodios de muertes violentas que generaron en nuestro pueblo momentos de enorme tensión por la división que estos hechos luctuosos generaron entre los vecinos. Son numerosos los casos que podríamos referir a lo largo del tiempo, la mayor parte de ellos olvidados en la nebulosa de la historia. Otros, no obstante, todavía pueden permanecer en el recuerdo de alguno de nuestros paisanos porque el suceso haya sido escuchado a algún familiar, aunque generalmente desvirtuando el episodio tal y como sucedió realmente. Nosotros haremos referencia a aquellos casos que, por la causa que fuere, dejaron más impactados a los arroyanos de entonces.

El primero que vamos a narrar fue un homicidio que tuvo lugar en el año 1891. Concretamente en la madrugada del 24 de agosto Saturnino Jabato, de 19 años, dio muerte después de una pelea a Mauricio Díaz de 22. Parece ser que las provocaciones fueron iniciadas por Mauricio que le propinó varias heridas en cuello y cara a Saturnino que en su defensa logró asestar dos certeras puñaladas que acabaron con la vida de Mauricio.

Saturnino fue inmediatamente detenido y acusado de homicidio. El juicio se celebró en Cáceres el 12 de febrero de 1892. Aunque el fiscal pidió para el acusado 14 años y ocho meses de prisión, el abogado defensor de Saturnino solicitó la absolución de su patrocinado aduciendo defensa propia. El juicio por jurado popular había despertado un inusitado interés ya que la sala estaba repleta de arroyanos que acudieron a la vista. El acusado fue finalmente declarado no culpable por el jurado, sentencia que fue recibida con gran alborozo y vivas al tribunal sentenciador. El público era tan numeroso, y las muestras de cariño hacia el acusado tan intensas, que resultaron parcialmente asfixiados 2 hombres y 4 mujeres del público asistente.

Unos años más tarde, concretamente el 8 de junio de 1897, apareció asesinada en su domicilio Agustina Tejeda Peguero. El cadáver de la infortunada arroyana fue encontrado en la cocina, no lejos de una mesa sobre la cual se veían residuos de jamón y dos botellas de vino, una vacía y otra empezada. La víctima presentaba tres heridas, una en la zona del corazón, otra en la nuca y otra en la parte superior de la cabeza. Las dos primeras mortales de necesidad y realizadas al parecer con un cuchillo o puñal de grandes dimensiones. Ni puertas ni ventanas estaban forzadas, lo cual hizo pensar a la Guardia Civil que fue la propia víctima la que facilitó la entrada a los asesinos probablemente porque los conociese. Fueron interrogados varios vecinos e incluso alguno llegó a estar detenido pero sin contundencia en cuanto a las pruebas materiales.

Un nuevo crimen tuvo lugar en junio de 1904. En este caso fue un sastre arroyano, Ricardo Rubio, el causante de la muerte de uno de sus empleados que no era originario de Arroyo ya que había nacido en Alcántara. Parece ser que el sastre debía varios jornales al oficial que trabajaba con él y que este último le reclamaba de manera insistente. Ricardo no encontró otra salida para su problema que acabar con la vida de su trabajador. La noche del 9 de junio el sastre citó a su empleado en una calle apartada de la localidad, sitio donde previamente había escondido un arma de fuego. Cuando se presentó la víctima le fue descerrajado un tiro de escopeta cayendo mortalmente herido. Al ruido de la detonación salieron varios vecinos que se acercaron a socorrer a la víctima que yacía en el suelo desangrándose irremediablemente, aunque logró identificar al autor de la agresión antes de su fallecimiento.

Ricardo se alejó inmediatamente del lugar del asesinato e incluso se fue a tomar unas copas y posteriormente a su casa donde llegó a acostarse como si nada hubiese pasado. Hasta su domicilio se presentó la autoridad y, aunque en un principio negaba cualquier implicación en los hechos, acabó siendo detenido y acusado de asesinato.

De vulgar y absurdo fue otro asesinato que se produjo en este caso en el día 15 de agosto de 1906. Ya por la noche, cuando el joven labrador Luis Sanguino estaba sentado y conversando con su novia en la puerta de su casa, se acercó un perro al que ahuyentó cuando quiso morderle. El dueño del perro se aproximó a él para pedirle explicaciones desafiándole delante de la chica. Luis ante el agravio se levantó e inmediatamente recibió una puñalada en el pecho cayendo mortalmente herido. El revuelo que originó este suceso fue absoluto en la localidad. Aunque el agresor fue detenido inmediatamente y encarcelado, un número elevado de arroyanos se acercaron hasta la cárcel donde estaba ya encerrado el asesino al que la muchedumbre quería linchar.

El último de los sucesos que quiero referir en este artículo es el que probablemente recuerden muchos arroyanos por ser el más próximo en el tiempo. Todo sucedió el 21 de febrero de 1936, hacia las 11 de la noche cuando Heliodoro Manzano Romero, un jornalero de 29 años y casado, después de varios episodios objeto de mofa por parte de la víctima, asestó una puñalada a su convecino Leonardo Berdejo Casares de 34 años que resultó herido de tal gravedad que falleció poco después. El agresor clavó la navaja en la ingle izquierda de Leonardo a la salida del baile, la víctima cruzó tambaleante toda la plaza del pueblo y fue a caer mortalmente herido en las inmediaciones de donde hoy se encuentra la Caja de Extremadura. Tenía “partida la femoral, sin que los médicos que acudieron a curar al herido pudieran hacer nada por salvar su vida”.

Al margen de los episodios referidos, otros sucesos completarían nuestra particular crónica negra, sucesos varios de los que no podemos sentirnos en absoluto orgullosos, pero que conforman nuestro pasado más luctuoso: robos, estupros, extorsiones, intentos de asesinatos y reyertas varias. Aunque esto ya sería otra historia.

Nota: Este trabajo está dedicado especialmente a Dani, Beatriz, Mari Luz, Juani, Vicente, Loli, Isa, Vir, Jorge y Antonia. Promesa cumplida. Con ellos pasé una inolvidable jornada veraniega entre jamón, queso y cervezas.

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