Prensas en la necrópolis arroyana. / Cedidas

La sección histórica 'Los Bohíos' descubre distintas joyas escondidas en la dehesa

HOY ARROYO DE LA LUZ Arroyo de la Luz

Desde el Ayuntamiento de Arroyo de la Luz, a través, del Centro de Interpretación Dehesa de la Luz, han compartido un nuevo artículo en su sección de Geografía, Historia, Arte, Patrimonio… titulada 'Los Bohíos'.

En esta ocasión se han ido a unos 500 metros de la Ermita de Nuestra Señora de Luz, en Arroyo de la Luz, donde se puede visitar una Necrópolis de edad tardorromana y visigoda, siglos IV-VII; datación efectuada por sus ajuares, por sus cerámicas y por la numismática asociada. En dicho paraje se pueden encontrar también Prensas de Aceite y Vino.

Las explotaciones rurales hispano-visigodas conservaron las técnicas y productos a cultivar, así como las ganaderías principales que ya se criaban en épocas precedentes.

La tríada mediterránea (vid, olivo y trigo) siguió siendo el producto agrario básico y fundamental, recibiendo poco a poco la introducción de otros nuevos productos desde Asia y norte de África, principalmente hortalizas y verduras, que se vería impulsada más tarde con la venida de los musulmanes.

Una clara muestra de la persistencia de la producción de aceite y vino es la presencia de prensas olearias y vinícolas en los yacimientos o alrededores de los mismos, labradas en piedra y engarzadas en el mismo paisaje del que recibían los frutos que allí se transformaban.

La principal fuente de riqueza de la economía visigoda fue la agricultura como corresponde a una sociedad mayoritariamente atada a la tierra. En esta actividad, como en otras, son herederos y continuadores de los últimos tiempos del Bajo Imperio Romano. Las formas de explotación del suelo continúan centradas en la villa, con división de la tierra en dos partes: la que el propietario cultiva directamente mediante siervos, el dominicatum, y el resto, que distribuye en parcelas entre los colonos. La tecnología agraria es también semejante, con uso del arado común, empleo de animales para arar y trillar, poco abono y sólo orgánico, y largos barbechos incluso de diez años.

La agricultura y la ganadería

Los regadíos romanos se mantuvieron, con canales y acequias, por lo que hubo sectores con riego artificial, lo que llamamos huerta. Hay leyes de Recesvinto penalizando el hurto de aguas, con multa y posterior devolución del turno de riego, así como el desvío «porque quitaba fuerza a los molinos». La producción tampoco varió sustancialmente, apenas introdujeron alguna especie nueva. Se cultivaron fundamentalmente cereales, mucha vid incluso en tierras altas, y olivo. El cereal lo requerían las costumbres alimentarias; el vino era el complemento nutricional habitual, y en cuanto al olivo, San Isidoro distingue tres clases de aceite: el común, extraído de olivas negras, el verde, de olivas verdes, sin madurar y el hispano, que era el mejor, proveniente de aceitunas blancas. La industria aceitera fue una de las más importantes de la Hispania Visigoda. Hubo cultivos de frutas y legumbres en las huertas, incluso tutelados por las leyes, así como también se protegieron algunos árboles (manzano, olivo) y se estimulo la roturación de montes y prados, otorgando al roturador un tercio de la tierra puesta en cultivo.

Tierras Trabajadas

Las pequeñas propiedades libres eran cultivadas por sus dueños, los privati, pero con el paso del tiempo, ya en el siglo VII, la producción se centró en la gran propiedad, concebida como una unidad, la villa, en la que no sólo se obtenían los productos agrícolas sino que también se centralizaba la actividad ganadera y se realizaban los trabajos artesanales imprescindibles para cubrir las necesidades generadas dentro de la propia explotación. Los latifundios revistieron una capital importancia desde el punto de vista económico, social y político, estaban en poder de magnates cuya base de riqueza y poder constituían, y eran cultivados por siervos, semi-libres, libertos y encomendados. Los señoríos eclesiásticos, también abundantes, eran cultivados por siervos de la Iglesia, por libertos sub obsequium o por colonos que pagaban al propietario el 10% del producto que sacaban.

Ganadería

La explotación ganadera, sobre todo lanar, como complementaria de la agricultura se produjo en todas las villas. En alguna pizarra consta el pago de peajes por trashumar y la nomenclatura de las reses: anniculi (un año), sesquanas (año y medio) y trimos (tres años). También se criaron cerdos: Valerio de Bierzo, en las últimas décadas del siglo VII, escribió que abundaban los porquerizos entre los rústicos de las familias serviles pertenecientes a los grandes propietarios de esa zona.

La industria y el comercio

La minería decayó mucho respecto a la época del Bajo Imperio por agotamiento de las minas, pero aún subsistió en cierta medida la industria extractiva de la plata, plomo, cobre y estaño, así como el oro de arenas auríferas. En cuanto a la industria, entre las escasas innovaciones de los visigodos está la metalurgia con bellas realizaciones en el cabujado de piedras semipreciosas en labores de oro y plata. Hubo industria textil y curtidos con elaboración de la piel y del cuero.

La construcción

La construcción fue una industria floreciente sobre todo en el siglo VII, pese a que no son muchos los monumentos conservados, —se conservan piezas artísticas procedentes de construcciones desaparecidas—. La explicación que se ha dado de este fenómeno es que los que se mantienen están en lugares alejados de las vías de penetración de los musulmanes, en tanto que los edificios de las ciudades y zonas más pobladas, especialmente los religiosos, fueron destruidos o transformados por los conquistadores. Con esta industria se relacionan otras como la talla de la piedra para jambas y capiteles y la cerámica.

Comercio Interior

El comercio interior fue muy escaso y el exterior se debilitó enormemente, aunque no llegó a desaparecer del todo (se exporta aceite…). El enrarecimiento del comercio interior viene dado porque hay poco para vender y falta demanda, como resultado de una economía cerrada y autosuficiente. No obstante hubo mercados, las fuentes designan con el nombre de conventus mercantium las reuniones de mercaderes para celebrar feria que solían tenerse en la plaza mayor de muchas ciudades.

Comercio Exterior

El poco comercio exterior estuvo en manos de extranjeros de ultramar, aunque también hubo hispanos que lo practicaron. Los mercaderes dedicados este comercio se regían por un Derecho especial, el «Rodio» y tenían jueces especiales, los telonarii, así como lonjas de contratación propias, denominadas cataplus, en los puertos marítimos y en los fluviales más activos.

La moneda

La circulación de monedas fue escasa puesto que las clases altas laicas y eclesiásticas invertían sus ganancias en tesoros de oro y plata, sin el menor espíritu inversionista, de modo que en el ámbito rural muchas veces los impuestos se pagaron en especie.

Pero esto no significa que la economía hispano-visigoda no fuese monetaria, puesto que todo se valora en dinero (multas, pagos…). El sistema monetario de los visigodos, prácticamente monometalista, se basó en el sueldo de oro de Constantino (1/72 de libra romana) y en la moneda bizantina, que primero usaron y luego imitaron. Pero no será hasta el reinado de Leovigildo cuando las acuñaciones se hagan a nombre del rey, y no del emperador de Oriente, respondiendo a la propaganda política que el concepto de Estado visigodo requería. Así pues la moneda propia, acuñada en Hispania e independiente ya del Imperio aparece con Leovigildo (573-586), quien pone su nombre en lugar del emperador bizantino, aunque conserva por un tiempo en el anverso el tema imperial de una Victoria andando, a la derecha del busto de rey y rodeando toda la leyenda Liuvigildi regis conob precedida de una pequeña cruz. En el reverso irá cuajando con el tiempo la cruz, rodeada de la leyenda con el nombre de la ceca. De todos modos los tipos difieren en cuanto a figuras, leyendas, diámetro y peso. Nunca se acuñó el sueldo, que pasó a ser una moneda de cuenta como lo era la libra; se acuñaron tremises o trientes de oro (un tercio del sueldo), que se convirtieron en la moneda nacional visigoda. Tampoco se acuñó la moneda fraccionaria, los siliquae, sirviendo como tal las piezas romanas de plata y bronce existentes, que siguieron circulando.